El beso de la ansiedad

Solía hacerme visitas inesperadas, decía que era más divertido aparecer así, sin más. Para mi era una completa desconocida, pero ella se metía en mi casa, en mi cocina, en mi sofá, en mi cama… y yo no sabía como echarla. A veces, decidía acompañarme al trabajo, otras a las salidas y cenas con mis amigas, e incluso en alguna ocasión, prometo que la vi en las comidas familiares.

Para mi era una completa desconocida, pero ella me conocía más que yo misma. Sabía mis gustos, mis manías, mis deseos y mis miedos. De hecho, algunas noches, me despertaba súbitamente, abría los ojos y la veía. Sentada, a los pies de mi cama, contemplándome, sin pronunciar palabra.

Me angustiaba pensar que podía ser peligrosa, que un día me amenazara o que, sin yo quererlo, me empujara a hacer alguna locura. Y temía. Me inquietaba saber que tenía las llaves de mi mente y de mi vida. Que no podía contarle a nadie que cada vez sus visitas eran más asiduas y se convertían en días, semanas e incluso meses. Y sufría.

A momentos, pensaba que la idea más cuerda, quizá, era huir. Estar menos tiempo arraigada en casa, llenar mi día a día de sedantes: actividades, ocio, juerga y compañía. Al fin y al cabo, cuanto más me moviera más difícil le resultaría encontrarme. Otras veces, reflexionaba y llegaba a la conclusión de que lo mejor que podía hacer con ella era ignorarla, hacer como si no estuviera. Con el tiempo, seguramente, se cansaría y decidiría visitar otra casa. Mas ninguna solución me fue válida, lo intenté, ¡¡juro que lo intenté!!, y lo volví a intentar una y otra vez. Huir, ignorarla, repudiarla, echarla, rechazarla… olvidarla. Pero nada me funcionaba. Lo admito, vivía atormentada.

Hasta que un día recordé ese viejo refrán que dice “si no puedes con tu enemigo, únete a él”. Y así, sin ella esperarlo, comencé a aceptarla. Empecé a mirarla de otra manera, con amor. Reconozco que hasta le cogí cariño. Me había acostumbrado a que estuviera, a su constante presencia. Sin embargo, ahora ya no me asustaba, veía más luz en su rostro y a su vez, el mío se iluminaba. Ya no sentía peligro, y había logrado normalizar la situación. Estaba tan integrada en mi vida cotidiana, que incluso le hice un hueco junto a la desconfianza, la incertidumbre, la falta de autoestima y la melancolía.

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Pero una noche se acercó sigilosamente a mi, me dio un beso en la mejilla y me susurró:

   –Gracias por aceptarme. Ya no me necesitas.

Se marchó por el mismo lugar que había entrado, y jamás la volví a ver, ni a sentir. Ese fue el momento en el que me perdoné. Por no haber abierto antes los ojos a lo que la ansiedad” me quería mostrar.

Ilustración realizada por Araceli Moya Ilustración

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